lunes, 20 de diciembre de 2010

Ángel

Se sentó sobre el saliente del acantilado, su lugar preferido para disfrutar de las puestas de sol. Hacía un día estupendo a pesar de ser diciembre. El sol había calentado la tierra, el viento ausente era noticia. Sin rastro de nubes, el cielo se gozaba azul tranquilo. La mar disfrutaba de una jornada en calma sin tener que demostrar al hombre de qué era capaz, y la luna se dejaba querer desde hacía rato colgada en el horizonte. Extraña paz para esas fechas, pensó, ensimismado disfrutando de la quietud y el entorno que lo rodeaba.
Poco a poco la noche fue ganando sus dominios y ya se veían los primeros barcos de cerco que, uno a uno, se iban haciendo a la mar camino de sus lugares de pesca. Se veían diminutos desde esa altura, pero al divisarlos le entró nostalgia en el cuerpo. 
Recordó que hubo un tiempo en que él mismo surcaba los mares en esos mismos barcos; en esa misma flota pesquera, la más hermosa de toda Galicia y de todos los mares y océanos.
Salían de la bocana del puerto como hormigas de su hormiguero, buscando siempre su destino en donde los hombres no son más que un mal invitado, pero orgullosos de sí mismos, de su pasado ballenero y de su cultura ancestral de bravos pescadores. Contemplándolos atentamente recordó cuantas horas había pasado en el muro intentando adivinar qué sortilegios y otras maravillas le esperarían en aquella inmensidad de agua, a lomos de aquellos barcos de afiladas amuras y valientes tripulaciones. 
Fueron muchas hasta que una vez se le brindó la posibilidad de cabalgar a lomos de aquellos barcos que tanto le fascinaban. Aquel día fue el más dichoso de toda su vida.
Los cuadros pintados en su memoria recobraban vida en aquellos momentos, como aquella noche que al entrar a puerto se enamoró del instante que dibujaba la luna llena presidiendo las casas del puerto, y como las nubes tapaban parte de su rostro, como las mujeres musulmanas se tapan con sus velos para dejar ver solo la hermosura de sus ojos, o aquella otra vez que, sobre el cerco hostil que formaban las redes de su barco, miles de hebras de plata asomaban a ras de agua dando saltos, iluminando la noche para que pudiese ver en aquel espejo su sueño cumplido de ser marinero, aunque las pobres sardinas sufrieran su metáfora.
Suspiró hondo. No es fácil recordar los buenos momentos sin sentir dolor por su ausencia, así que mejor espabilarse un poco, pensó. 
Se levantó del suelo sin dejar de mirar al frente, sin querer perder de vista el paisaje que lo eternizaba a aquellas tierras. Estiró sus alas desperezándose, ya había logrado controlar todos los movimientos de aquellos apéndices que jamás había soñado tener como suyos: eran un par de alas grises con mechones blancos y negros en las puntas. Dos alas grandes y robustas que le servían a su antojo para su acometido de ángel custodio de las almas de los muertos en la mar. Porque él ahora era un Ángel, aunque con alma de marinero...

PD- Este relato es solo una parte de uno mayor.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

La derrota

Al llegar a la puerta observó que alguien se había dejado la llave en la cerradura, estuvo tentado a girarla y entrar sin llamar, pero se contuvo por temor a las consecuencias. Llenó de aire sus pulmones y pulsó el timbre para avisar de su llegada. Con el sonido del aparatito, su corazón se lanzó a una carrera de pulsaciones que lo dejó sumido en un estado de ansiedad. No sabía qué se encontraría ni las consecuencias de aquella visita, pero el primer paso ya estaba dado. Observó a través de la cristalera de la puerta principal como al otro extremo alguien abría la puerta de madera que separaba la cocina del recibidor, supuso que aquella figura era la de su madre que, a buen seguro, no sospechaba encontrárselo allí plantado. La figura abrió confiada la puerta de la calle sin preguntar quién había llamado y, en efecto, era su madre quien se encontraba en frente suyo con una expresión que no necesitaba de palabras para expresar su sorpresa, su rostro desencajado mostraba que aquella visita no era de su agrado. -¿Qué haces aquí?- Le preguntó con firmeza. Sus ojos demostraban todo el asco que sentía por él, su propio hijo. He venido a despedirme, me voy de aquí en apenas un par de horas y creí oportuno que lo supieras. -Te has ido tantas veces ya, que una más no extrañaría a nadie, así que por una vez bien pudieras cumplir con tu palabra e irte, pero para siempre-. Su madre reafirmó así su indiferencia hacia él y con actitud de desprecio bien medido le dedicó una sonrisa sarcástica.
No te preocupes, esta vez te cumpliré el gusto, me voy a Canadá con una empresa de prospección, he firmado por cinco años para trabajar en plataformas petrolíferas y no tengo intención de regresar, solo pasaba para decírtelo y que te quedases a gusto, supongo que no nos volveremos a ver. Adiós madre.
Su madre le cerró la puerta en sus narices como única contestación, él pulsó inmediatamente el timbre para advertirle que la llave estaba en la cerradura, -Vete al diablo- le escuchó gritar al otro lado. ¡Vete tú a la mierda zorra! Solo quería decirte que tienes la llave en la cerradura. Su madre abrió la puerta para comprobar que era cierto, retiró la llave y volvió a cerrar la puerta, esta vez con virulencia. Su visita había terminado con las consecuencias predecibles, su madre nunca lo había querido ni él había ayudado a que lo quisiese.
Hacía frio en la calle y seguro se pondría a llover en seguida, las nubes amenazaban tormenta, así que se caló bien la gorra de marinero que tanto le gustaba, abotonó hasta arriba el chubasquero y con las manos en los bolsillos dio media vuelta y emprendió su camino hacia la carretera general. No tenía prisa ni tabaco para aplacar la ansiedad provocada por aquel encuentro, tampoco odio, solo llevaba un equipaje cargado de fracasos y una identidad que a nadie importaba ya, como si se moría allí mismo que a nadie le dolería, ni nadie le reclamaría para enterrarlo dignamente.
Lo del contrato por cinco años había quedado excesivo pensó, su madre no se lo había creído, ni siquiera él, y ese era uno de sus problemas, siempre improvisaba y a las bravas, sin término medio. Así había logrado que nadie lo creyese, se había convertido en un pobre desgraciado, como le había dicho su ex novia, Susana, la única persona que le había querido de verdad y a la que él echó de su vida con sus continuas mentiras y falsas esperanzas. Al final lo había dejado para salir con otro, un buen chico trabajador que le daría un hogar, o eso era lo que ella había excusado la noche que le dio puerta.
La lluvia comenzó a caer lentamente sobre aquel desdichado Domingo. Le esperaba un chaparrón de los buenos pero no tenía intención de buscar refugio, demasiadas paradas en su vida como para seguir buscando cobijo. Pensó que no le vendría mal mojarse un poco y quizás un alma caritativa le parase si se decidía hacer auto stop, pero de momento le apetecía caminar así, bajo la lluvia, pensando en su vida, en lo terriblemente solo que se sentía y en ese vacío que le alimentaba una pena incomprendida que siempre había sido suya, desde el mismo momento de su nacimiento. Intentó recordar si alguna vez había sido feliz, no un rato o un día entero, si no feliz durante una época prolongada. Feliz como otros decían sentirse, pero feliz era una palabra que no había llegado a comprender y mucho menos experimentar su significado. Era un desgraciado, un hombre solo, joven pero viejo ya de malgastar todas sus oportunidades, un hombre que lloraba sin saberlo mientras caminaba bajo la lluvia. Un hombre roto por la vida.
Al tercer trueno comprendió que el baño sería prolongado, pero por una vez se sonrió y quitó hierro a las circunstancias de su desgracia. Sus ropas de agua eran buenas y apenas dejaban traspasar las gotas de lluvia hacía el interior. Se sentía abrigado por una vez. Un hombre que caminaba bajo la lluvia con aquella decisión no podía ser un perdedor, se dijo a sí mismo, además, por una vez en su vida tenía muy claro la dirección a seguir: Hacia ninguna parte, como siempre había hecho durante toda su vida, así que caminó con toda la decisión que un hombre solo y derrotado puede llegar a tener, caminó tanto, que con sus pasos consiguió borrar todos los recuerdos de su vida y ya nadie supo jamás si en verdad alguna vez aquel hombre había existido.


viernes, 3 de diciembre de 2010

El cri, cri

El cri cri empezó como algo inaudible, un sonido nocturno casi imperceptible para los oídos de Aurora, por eso las primeras noches apenas le inquietó lo suficiente como para desvelarla.
Al cabo de cierto tiempo el cri cri nocturno fue aumentando de decibelios, y la cosa empezaba a ser ciertamente molesta, como ese sonido de grifo mal cerrado que deja escapar una insignificante gota de agua que termina por desquiciar al más templado. Dormir al tirón ya no era cosa fácil y el caso es que Aurora no se imaginaba de donde podía salir ese sonsonete, era evidente que no provenía de los grillos que solían emitir sus peculiares sonidos en las noches de verano, este era un cri,cri más sutil y constante, un auténtico cri,cri por culero.
Con el paso de las semanas y ante la evidencia de que la cosa empeoraba, Aurora decidió hablar con su hermana para que le dejase pasar unos días en su casa, la imposibilidad de dormir le estaba pasando factura y ella ya tenía una edad más que respetable para soportar largas temporadas de insomnio, naturalmente su hermana accedió encantada.
Su cuñado, preocupado por la historia del cri,cri que le contaba Aurora, decidió pasar una noche en la casa de la cuñada, eso fue mano de santo. El cri,cri famoso tenía solución, solo eran unas termitas masticando la madera de las viejas vigas, el cuñado ya había avisado a un especialista para fumigar y terminar con tan molestas inquilinas, Aurora recibió la noticia con visible alivio y más al saber que por culpa de los productos necesarios para terminar con las termitas no podría entrar en su casa en una semana, así pasaría más tiempo con su hermana.
Pasada la semana Aurora regresó a su morada, tenía curiosidad por saber si el tratamiento había surgido el efecto deseado, la primera noche no escucho ni rastro del cri,cri molesto, durmió aliviada, a pierna suelta.
Pasados tres días Aurora se sentía extraña, ya no le molestaba el cri,cri de las termitas pero tenía la sensación de que la observaban, era una estupidez pero la inquietud cada vez era mayor. Al cuarto día se despertó sobresaltada por un mal sueño, al abrir los ojos vio claramente como miles de lucecillas, o quizás millones, la observaban desde las vigas del techo, quizás cada una de esa luces por si solas no significasen nada, pero la suma de tantos ojillos de termita fijos en ella daban la sensación de una masa luminosa realmente uniforme. Aurora ahogó un grito mordiendo el edredón de su cama, cerró los ojos como para negar la evidencia, las termitas no solo no se habían muerto sino que estaban ahí para cobrar su venganza. Aquella noche lo último que escucho Aurora fue un cri,cri constante y voraz, un cri,cri caníbal…….. cri,cri,cri,cri.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Barbacoa.

No, no os penséis que esto es normal, por norma no suelo cocinar a mis huéspedes, ¡Pero es que este estaba tan tierno!
La policía se lo llevó esposado a los calabozos, la acusación; asesinato, canibalismo y otras aberraciones.
Menos mal que esto sucedió en un pueblo en donde todos se conocen y el juez Suárez enseguida lo arregló todo.
A efectos de la prensa un simple mal entendido, en jefatura policial, sin nada que añadir. Ese mismo viernes, reunión de la peña con dos puntos del día, el primero, honrar la desaparición trágica de uno de sus miembros, el segundo, barbacoa….

lunes, 29 de noviembre de 2010

Solo es un hombre muerto

¿Es esta tu última respuesta? Preguntó el matón con indiferencia. Sí, contestó el pescadero con más dignidad que muchos de los chulos que pululaban por el barrio y que a la hora de la verdad se deshacían en llantos implorando piedad.
Un corte limpio sajó su garganta de lado a lado, apenas un intento por respirar sirvió para que esa fuese su última acción entre los vivos.
El matón limpió la navaja de barbero en la solapa de la chaqueta del difunto. Sin remordimientos.
Dos golpes en la puerta le pusieron nuevamente en tensión,
-¿Quién es?- Soy yo, el chino, -pasa- El chino entró en la habitación con cara de prisas, cruzó su mirada con el matón apenas un segundo antes de ver el resultado de su trabajo,
¿Lo has matado?- No, está durmiendo, ¡No te jode! - Pues sí que la hemos hecho buena. El matón lo miró con cara de hastío, -¿Y ahora qué?- Nada, que este no era
 -¿Cómo que este no era? Explícate- Pues que no era, que no, que la mujer del jefe ha cantado y este no era el pringado que se la tiraba.
- ¿Bueno y qué?- Nada, por mí nada. -¿Está la Mónica por ahí?- Sí, por ahí anda. – Pues dile que se prepare, me apetece echar un polvo, después de degollar cerdos siempre me pasa lo mismo, me apetece follar.- ¿Y con este que hago?- Haz lo que quieras, solo es un hombre muerto.



viernes, 26 de noviembre de 2010

Una Historia De Campo

La aldea no estaba tal y como la había dejado hace tantos años atrás, ni mucho menos, estaba peor. La falta de gente joven se hacía notar incluso en los pequeños detalles, exceptuando la calle mayor, las demás callejuelas estaban atestadas de hierbajos y arbustos que se abrían paso por falta de quién les pusiese freno. La mayoría de las cancelas estaban rotas o medio rotas, y no era raro ver adoquines fuera de su sitio, o bancos de madera que resistían en pie más por inercia que por otra cosa. Tampoco se libraban de tan mal estado las casas, la mayoría ya deshabitadas desde hacía años, era milagroso que algunas se mantuvieran en pie, pero la piedra era buena, como buenos fueron los maestros que las edificaron. Las personas caíamos antes pensó, y aún así algunos locos se atreven a seguir viviendo aquí, algunos locos como ahora yo, apostilló para sí mismo.
Se presentó en casa del tío Teo a la hora en punto de la cena, sentados ya en torno a la mesa se encontraba toda la familia, su tío, su mujer y una sobrina de esta que vivía con ellos desde hace unos años, Rosalía se llamaba, la familia no daba para más y gracias.
Nadie le dijo nada, apenas le miraron y si lo hicieron fue más por fastidio que por otra cosa, Rosalía en un gesto casi de cierta educación le indicó con unas bruscas palabras el sitio en donde sentarse -Puedes sentarte ahí si quieres- Y ya no abrió más la boca salvo para ingerir la suculenta cena a base de pan, chorizo crudo, morcillas y queso, para el tío Teo si había un par de huevos escalfados que devoró con ganas más que con apetito.
La cosa estaba cruda, se podría decir que éramos pocos y parió la abuela, seguro que al día siguiente cuando le entregara a su tío la bolsa con el dinero que su padre le había confiado para él las caras cambiarían, de momento, se conformaba con que lo acogieran, aquel lugar era tan lúgubre y siniestro que no le hacía gracia tener que dormir en soledad en la vieja casa de sus padres.
Al terminar la cena y con la excusa de estar muy cansado por el viaje, le preguntó a su tío en qué habitación dormiría, el viejo hombre, al escuchar semejante pregunta lo miró de una forma tan despectiva que le heló la sangre - Tú dormirás en la habitación de invitados, o lo que es lo mismo… en la cuadra de los animales con Rosalía, y ya de paso mira de empezar con buen pie, y le echas a la zagala un par de polvos, que yo ya estoy mayor para esas cosas, haber si por fin se cría algo en este asqueroso lugar que no sea miseria- La cosa no iba de guasa a pesar de la sonrisita de su tía, empezó a darse cuenta que la idea de irse a vivir al pueblo para tener tranquilidad y escribir por fin su novela no era tan buena, lo mismo la novela era él y sus aventuras, pero la cosa no empezaba nada bien. No señor.
Sin rechistar cogió su macuto y se fue camino de la cuadra, antes de salir de la casa escuchó a su tío que le decía - A las cabras no, que esas ya tienen buen macho que las monte, tú dale a la Rosalía, que buena falta le hace a la pobre un buen picholazo-
Aquello era de locos, salió y camino a su suite encendió un cigarro, miró al cielo y en silencio empezó a reconocer que su padre tenía razón, aquello no era para gentes de ciudad y su tío estaba peor que como se lo había descrito. Se fumó tranquilo el cigarro y entró en la cuadra, olía por supuesto a ganado que tiraba para atrás, y los animales lo recibieron casi con más expectación que su propia familia. Intentó buscar un interruptor pero una voz a sus espaldas le persuadió de su idea -aquí no hay luz eléctrica si eso es lo que buscas- Era Rosalía que además portaba un farolillo de gas, por lo menos algo verían se dijo. La muchacha abrió el camino con la tranquilidad de quién conoce por dónde pasa, él la siguió a sus espaldas. Al final de la cuadra unas escaleras llevaban a una estancia superior, allí la muchacha tenía su habitación, una cama y dos sillas viejas era todo el mobiliario. Le tocaría dormir en el suelo se dijo, pero una vez más, la voz de Rosalía retumbó en sus oídos -¿Qué parte de la cama te gusta más, la derecha o la izquierda?- La miró con sorpresa pero vio en el rostro de ella que no bromeaba -Tranquilo, a mi no me molesta, y si el tío dice que unos polvos, pues unos polvos, el pobre hace más de dos años que no puede hacer nada y yo de tirarme a los animales ya estoy harta, necesito un hombre, así que dejémonos de perder el tiempo que una servidora mañana se levanta a las cinco de la madrugada para ir con los animales al campo-
Ahora sí que lo de parir la abuela era cierto, parece que el primer capítulo de su novela ya estaba escrito y sin necesidad de papel y bolígrafo.
Si el tío decía que unos polvos, pues unos polvos. Un par en concreto. Esa noche aunque quisiera no podía más, pero eso sí ¡Qué dos polvos!
Su novela transcurría en el campo, quería que fuera algo de misterio o de terror, pero empezaba a pensar que el género erótico campestre también tenía su aquel, y más cuando por la mañana lo despertó su tía y sin cortarse un pelo se metió en la cama con él, y la muy zorrona le hizo una paja en toda regla. Solo quería comprobar si la munición estaba en regla para disparar, le dijo la señora antes de advertirle que su tío lo esperaría a medio día para comer y hablar de ciertos asuntos, ella tenía cosas que hacer, pero que no dudase de que, tras la comprobación de que la pólvora estaba en perfecto estado, ya llegaría el momento de pegar unos tiros.
Eso fue el acabose…

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miércoles, 24 de noviembre de 2010

La Autopsia

Fermín sabía perfectamente que los muertos no son peligrosos para los vivos, las películas de terror en las cuales se contaban historias de zombis o de muertos vivientes solo eran eso, películas, además estaba mal visto que un médico forense fuese por ahí contando no se qué cosas acerca de ciertos cadáveres….
Aquella noche estaba de guardia, no había trabajo lo cual era bueno, estaba un poco harto de hacer autopsias de jóvenes que morían en accidentes de tráfico o de drogadictos que se pasaban con la dosis.
Su compañero había salido un momento a la cafetería del hospital, decidió entonces hacer algo distinto para variar, pero, ¿qué hacer en una sala de autopsias aparte de autopsias?
Se fue entonces hacia una mesilla, ya tenía algo pensado. Encendió las cámaras de grabación, dispuso de los micrófonos tal y como si se tratase de una autopsia de verdad, se tumbó boca arriba mirando una de las pantallas de seguimiento y con mano firme empezó a cortar su propio cuerpo……
Menos mal que los muertos no sufren, que no sienten dolor, porque el suyo era insoportable. -Tranquilo- le dijo el viejo al que había practicado la autopsia semanas atrás, el zombi que le acompañaba desde entonces a todas partes, tranquilo y piensa que en poco estarás como yo y entonces sabrás de que has muerto, tú sigue con tu autopsia…