viernes, 20 de junio de 2014

El Espejo.

El espejo, cansado de tanta hipocresía, hace tiempo que no refleja las ilusiones perdidas de la mentira. La casa vive deshabitada de muebles que se han perdido entre empeños, préstamos a la usura o que, simplemente, han dejado de aparecer ante la falta de ojos que les diesen sentido. Solo sobrevive el ataúd de la familia, hecho en magnífica madera de roble bien tratada. Su presencia todo lo llena en el vacío inconstante que dejan los muertos que apellidan nuestros nombres.

      Sobre la repisa de la chimenea, hecha de piedra para perdurar, una carta roída por el silencio espera el destinatario que ha de leer nuestras últimas voluntades. El fuego ha destruido el resto del misterio y de los rescoldos solo quedan las cenizas. En la carta se dice todo lo que hay que hacer con ellas, y cuando la leas sabrás el qué. Pero no antes de que nazcas. Aún no.

       Recuerdo mi imagen vista en el espejo, de cuando joven, esbelto en la mirada de mis ojos de narcisista; guapo en apariencia, perfecto en la soledad antes de que llegara la luz traidora de la verdad y que mi cuerpo, descompuesto ante el engaño, se fuese pudriendo, y entonces, fue llegar ella y enamorarme locamente. A la muerte cuando te promete la eternidad no es fácil ignorarla, y menos aún evitar enamorarse de su rostro para siempre. Yo claudiqué ante ella, por supuesto, y mi corazón latió más que nunca, aunque el espejo, ¡maldito traidor! No quisiese reflejar la dicha que albergaba mi alma y solo me devolviese una imágenes crueles de un monstruo repugnante con cara de muerto, con un cuerpo de muerto, con una sonrisa de muerto…

     No  pude romper el espejo por falta de pruebas, aunque sé que sentía envidia de mi éxito, así que nos ignoramos mutuamente mientras la casa desprendía olor a desdicha y abandono. Mis amigos, como nunca los tuve, no me respondieron a la llamada de auxilio. Tampoco la hice; ella y yo nos bastábamos para sentirnos solos el uno con el otro. Suficiente.
    
      Fue pasando el tiempo y como vi que no me llegaba la eternidad para arreglar mis asuntos, dejé escrita mis últimas voluntades en esa carta que te digo, a salvo de todo, incluso de mí mismo. El espejo añadió las suyas, aunque las ignoro…

      A veces me siento tentado de mirarme una vez más en el él, pero la pereza me puede y no salgo del ataúd. También él desea verme de nuevo, pero calla por orgullo y se mantiene intacto en su soberbia, sin una sola grieta o roto que distorsione el momento del reencuentro.

     Por ella no me preguntes, me abandonó el mismo día de desposarnos para ir en busca de otros, pero de eso hace mucho y apenas me duele ya. De ti espero un poco más. No es que te exija nada. Con tu vida me basta y que ocupes mi lugar en el entierro. Cuando llegues ajustaremos cuentas el espejo y yo, y me reflejaré en tu mirada. Ya verás qué hermosa te verás en la muerte y lo celoso que él se pondrá. Lo he dejado todo dispuesto.

Gallego Rey. Todos los derechos reservados.